Durante las últimas décadas, Chile ha experimentado un notable avance en términos de cobertura educativa, destacando como uno de los ejemplos más exitosos de América Latina. Actualmente, más del 90% de los jóvenes chilenos culmina la educación media, mientras que las cifras de matrícula universitaria se asemejan a las de países desarrollados. Sin embargo, este éxito en el acceso a la educación contrasta con un desafío persistente: la calidad educativa. Según el estudio «Growth Opportunities for Chile», editado por Vittorio Corbo, es imperativo que se enfoque en mejorar la calidad de la educación para asegurar un verdadero desarrollo del capital humano en el país.
A pesar de contar con una cantidad suficiente de capital humano acorde al nivel de ingreso de Chile, los resultados en pruebas internacionales revelan que el país aún se encuentra rezagado en términos de calidad educativa. Esto conlleva consecuencias directas en la productividad y el crecimiento económico. La evidencia acumulada sugiere que la calidad educativa es un factor crucial que explica las diferencias de productividad entre las naciones. Por lo tanto, potenciar la educación de calidad es fundamental para que Chile logre cerrar la brecha competitiva con economías más avanzadas.
La situación educativa en Chile puede compararse a la de un equipo de fútbol que forma grandes jugadores en sus canteras, pero que los ve marchar al extranjero en busca de mejores oportunidades. De igual forma, el país arriesga que su inversión educativa se convierta en un subsidio a la fuga de capital humano, si no se generan condiciones que estimulen la permanencia y el aprovechamiento del talento local. Es esencial crear un entorno que incentive la innovación y la construcción de empresas que retengan a los individuos con alta formación, promoviendo así un ciclo virtuoso de desarrollo.
El reciente informe de la Fiscalía Nacional Económica (FNE) acerca del sistema de educación superior en Chile pone de manifiesto las deficiencias del mercado educativo. Este informe destaca la alta concentración de instituciones, la escasa movilidad entre ellas y los incentivos que priorizan la cantidad de matrículas en lugar de la calidad y empleabilidad de los egresados. Esta disparidad indica que aún faltan señales claras en el mercado que conecten la educación con la productividad y el valor económico, lo cual debería ser una prioridad para los responsables de la política educativa.
En conclusión, Chile necesita cerrar el ciclo educativo, transicionando del acceso a la calidad y de la calidad a la creación de valor. Esto implica reconfigurar la política educativa como una política económica, enfocándose en instituciones que midan y premien resultados, fomenten la competencia en calidad y alineen la formación con los sectores productivos de mayor potencial. A medida que el país avance en este sentido, será crucial que la educación no se limite a ser una experiencia del aula, sino que se convierta en un motor de innovación y bienestar. Como bien señaló Daron Acemoglu, el desarrollo depende no solo de tener buenas instituciones, sino de aprovechar el conocimiento para ampliar las oportunidades, permitiendo que el talento encuentre en Chile su mejor cancha.








