Las negociaciones entre Chile y Estados Unidos por el futuro del tratado de libre comercio dieron un giro enigmático esta semana en Santiago, al finalizar sin resultados contundentes. La delegación americana, liderada por Jeffrey Goettman, se reunió con la subsecretaria Paula Estévez, pero luego de poco más de una hora, el Ministerio de Relaciones Exteriores decidió no revelar detalles adicionales. Esta falta de transparencia deja en el aire muchas preguntas: ¿cuáles serán los próximos pasos en esta compleja negociación? ¿Qué esperan realmente ambas partes conseguir al final de esta tensa espera?
Chile busca, de manera urgente, la obtención de excepciones al arancel de 12,5% impuesto por Estados Unidos, que afecta de forma significativa a sectores clave como el salmón, las frutas y el vino. El impacto económico es alarmante; solo para la temporada 2026-2027, se proyectan pérdidas de 388 millones de dólares si no se logran nuevas exclusiones. Sin embargo, el verdadero desafío va más allá de los números: se trata de definir cuál será la naturaleza de la relación comercial a largo plazo entre ambos países en un entorno cada vez más tenso.
La pregunta que persiste es si Chile cuenta con una estrategia sólida para enfrentar las exigencias de Washington. Esta presión estadounidense no es un fenómeno nuevo, pero sí se presenta en un contexto donde el uso del comercio como herramienta de coerción parece más evidente que nunca. En este sentido, las autoridades chilenas deben clarificar cuáles son sus límites y dar a conocer sus líneas rojas ante una administración norteamericana que no se ha mostrado renuente a cambiar las reglas del juego a su favor.
La posibilidad de un nuevo Acuerdo de Comercio Recíproco complica aún más el panorama. Aunque Chile se resiste a aceptar condiciones que podrían ser peores que las ya pactadas en el tratado vigente, el silencio sobre las verdaderas demandas de Estados Unidos mantiene en suspenso una de las relaciones comerciales más importantes para el país. Los sectores productivos están en juego y el gobierno, enfrentando un dilema estratégico, debe resolver cuántas concesiones está dispuesto a hacer sin mayores garantías a cambio.
Finalmente, la presencia de figuras con fuertes lazos en el sector privado al frente de las negociaciones añade una capa adicional de incertidumbre. Las trayectorias de Estévez y del canciller Francisco Pérez Mackenna suscitan interrogantes sobre el alineamiento entre los intereses empresariales y las necesidades del Estado. La clave será asegurar que la negociación se enfoque en un interés nacional amplio, dado que una respuesta exclusivamente reactiva podría dejar a Chile en una posición dependiente del poder estadounidense, algo que podría tener repercusiones a largo plazo en la soberanía económica y política del país.








