El comercio de productos del mar generados en Chile se posiciona como un pilar fundamental en el mercado global, abasteciendo demandas significativas en Asia, Europa y Norteamérica. En este contexto, Chile se erige como un líder mundial, siendo el segundo productor de salmón después de Noruega y el principal exportador de choritos a nivel internacional. Este éxito no solo refleja la capacidad de producción del país, sino que también pone de relieve la importancia de la industria acuícola en la economía nacional, donde la generación de empleo y el impulso a comunidades locales han sido evidentes, especialmente en regiones del sur como Los Lagos, Aysén y Magallanes.
Sin embargo, la celebración de estos logros viene acompañada de retos considerables. Según Carlos Chávez Rebolledo, decano de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Talca, la dependencia del mercado internacional tiene un impacto directo en la economía local. La creciente exportación de productos como el salmón eleva los costos y disminuye la disponibilidad de estos en el mercado interno. «Exportamos prácticamente toda la producción de salmón, y una fracción muy pequeña se queda en mercados locales», señala Chávez, lo que genera preocupación sobre el acceso de las comunidades a productos alimenticios de calidad a precios razonables.
El informe que emana de la Tercera Evaluación Mundial de los Océanos (WOA III), en el que participó Chávez y otros investigadores, resalta que cerca de un tercio de la producción marina mundial se comercializa a nivel internacional. Esto ha sido posible gracias a los avances tecnológicos y logísticos de la última década, que han facilitado a los productores de mercados internos limitados acceder a opciones más amplias. No obstante, esta dinámica de comercio también pone de manifiesto una cuestión crítica: el riesgo de que una dependencia excesiva del exterior lleve a la sobreexplotación de recursos en ciertas áreas, generando consecuencias ambientales y sociales.
El análisis compartido por el grupo de trabajo de expertos propone que esta situación presenta dos caras de una misma moneda. Si bien la industria acuícola ha sido un motor para reducir la pobreza y mejorar desigualdades en zonas remotas de Chile, también ha disparado problemas de concentración territorial. «El exceso de producción en ciertas zonas, sin regulaciones adecuadas, puede generar impactos negativos como contaminación y deterioro de los recursos naturales», advierte Chávez. Esta falta de regulación puede llevar a que la producción se desplace hacia países con normativas más laxas, complicando aún más el panorama del comercio sustentable.
Ante esta complejidad, la urgencia de modernizar las normativas se hace palpable. Los expertos de la ONU, incluyendo a Chávez, coinciden en que es vital implementar herramientas de gobernanza, como sistemas de certificación de sostenibilidad y monitoreo de importaciones. «Una de las principales preocupaciones es que los países que producen y exportan estos recursos cumplan con estándares sociales y ambientales», enfatiza el académico. Este desafío se entrelaza con su labor en el Centro de Investigación Aplicada INCAR², donde se busca no solo entender las dinámicas socioeconómicas, sino también contribuir a la creación de un futuro más sostenible para la industria acuícola en Chile y más allá.








