El reciente encarecimiento del petróleo y el gas ha despertado alarmas en los mercados internacionales, generando preocupación por el posible regreso de la estanflación, un fenómeno económico que combina inflación alta y bajo crecimiento. La situación geopolítica en Oriente Medio está deteriorándose, exacerbando las tensiones en una región clave para la producción de energía. Para países como Chile, que dependen en gran medida de la importación de combustibles, el impacto puede ser devastador; un aumento sostenido en los precios del petróleo traducido en mayores costos de transporte y presión sobre el tipo de cambio, lo que, a su vez, eleva el Índice de Precios al Consumidor (IPC). Las familias y las empresas se enfrentan a un panorama incierto donde los gastos esenciales se vuelven cada vez más difíciles de manejar.
La crisis energética actual, impulsada por las tensiones en el estrecho de Ormuz y por ataques a infraestructuras energéticas, ha llevado los precios del petróleo a superar los 100 dólares por barril. Aunque las economías de Estados Unidos y Europa todavía muestran signos de crecimiento, la inflación sigue siendo un desafío persistente. Algunos economistas han comenzado a referirse a una fase intermedia de «slowflation», donde la inflación se mantiene elevada en medio de un crecimiento económico débil. Este estado, aunque no es tan grave como la estanflación, podría acentuar la presión sobre diferentes sectores productivos y los consumidores.
El dilema que enfrentan los bancos centrales es significativo en este contexto. Ante el aumento de la inflación, la respuesta tradicional sería incrementar las tasas de interés, un movimiento que podría significar el freno del crecimiento económico. Por otro lado, un recorte de tasas destinado a estimular la economía podría potencialmente avivar más la inflación. Con el marcado riesgo de estanflación, las herramientas tradicionales de política monetaria muestran su ineficacia. La resolución de la crisis energética, resultante de la escalada del conflicto, será crucial para determinar la dirección de las políticas que enfrentan los bancos centrales.
En términos globales, aunque todavía no nos encontramos en una crisis declarada, el riesgo de estanflación continúa acechando. Los subsidios focalizados y otras medidas de apoyo económico pueden ofrecer alivio en el corto plazo, pero si se implementan sin una adecuada gestión, podrían agravar la inflación. La interconexión de las economías significa que una crisis de energía en una región puede rápidamente impactar a otros lugares del mundo, alterando decisiones de inversión y consumo, así como las políticas públicas de distintas naciones. La clave radicará en cómo las economías logran adaptarse y navegar este turbulento ambiente.
Finalmente, la guerra en Oriente Medio no solo ha causado un aumento inmediato en los precios de la energía, sino que también ha abierto la puerta a una serie de problemas económicos más amplios. El dólar en Chile ha cerrado fuertemente influenciado por la caída del cobre y las tensiones globales. A su vez, Irán ha advertido sobre la posibilidad de una «guerra económica global» tras el ataque a su yacimiento de gas más importante. Europa, por su parte, vuelve a mirar hacia la energía nuclear como parte de su estrategia para garantizar el suministro energético y la competitividad, lo que subraya cómo enfrentarse a la crisis energética es ahora más crítico que nunca en la agenda global.








